Inicios
Fue a la edad de 7 años cuando encendí mi
primer cigarrillo. Vivíamos en lo alto de una colina, en un fraccionamiento
residencial llamado Balcones del Valle en Atizapán de Zaragoza. Siempre fui un niño muy curioso y me gustaba
tener aventuras e imaginarme que ciertas practicas me darían poderes. En ese
barrio conocí a mis amigos “Los Epipes” con los cuales mi Mama no quería que me
juntara –No te vayas a juntar con esos escuincles porque solo te van a enseñar
mañas – me decía.
Mis amigos gustaban de meterse en las casas
“para ver televisión” como ellos mismos
me decían, y yo que era un niño fantasioso pues les creía. Jorge “El Pingüino”
que era el mayor de los hermanos solía fumar un cigarro después de la supuesta
visita a las casas abandonadas momentáneamente por sus dueños, los cuales eran
gente trabajadora; y hacia con el humo del cigarro algunos trucos que a mi me parecían
divertidos como hacer donitas de humo, hacer la catarata, la cual consistía en
dejar salir el humo por la boca al tiempo que era inhalado por la nariz; pero
lo que mas me sorprendía era cuando el Pingüino absorbía el humo y después
hablaba sin dejar salir nada de humo para posteriormente dejar salir todo el
humo. Cielos !! Como lo hacia? Como era
posible hablar sin que el humo del cigarrillo
saliera por su boca?. Y a pesar de todas estas demostraciones de “destreza”
siempre nos aconsejaba que jamás fuéramos a tomar un cigarrillo. Y aun a sus
hermanos Francisco y Mauricio les amenazaba que si los llegaba a ver con un
cigarro en las manos no se la iban a acabar.
Sin embargo, cierto día en que Francisco,
Mauricio y yo andábamos de vagos por el jardincito de la calle nido de águilas,
nos acercamos a un grupo de albañiles que se disponían a ingerir sus alimentos.
Recuerdo que tenían una fogata sobre la cual pusieron una cacerola con un poco
de aceite y echaron en ella unos cuantos chapulines que habían atrapado de los
alrededores, ya que en ese sitio abundaban. Movidos por la curiosidad nos
acercamos aun mas y uno de los albañiles nos ofreció un taco de chapulín el
cual aceptamos con cierta desconfianza pero al final nos lo comimos y estaba
delicioso. De pronto Francisco nos hizo una seña para que nos retiráramos del
lugar y nos fuimos a una de las casas que estaban en construcción y nos subimos
hasta la azotea. Ahí, Francisco saco de su bolsa un paquete muy peculiar –
Miren lo que les robe a esos albañiles, unos cigarros - nos dijo, - ahora si vamos a fumar como los
mayores - . Con un poco de temor, encendimos cada quien un cigarro y empezamos
a fumar. Casi nos ahogamos al tragar el humo. Los tres empezamos a toser y
hasta nos lloraron los ojos, pero nos pareció divertido y comenzamos a reír. Al
llegar a casa mi Madre me recibió a cintarazos porque venia impregnado con el
olor a cigarro – Hueles bastante a cigarro, andabas fumando con los escuincles,
verdad? - . Pero era demasiado tarde, el cigarro me había atrapado entre sus
garras, pues a menudo regresábamos a nuestro lugar secreto para disfrutar un delicioso
cigarrillo, que después, no se de donde los sacaban mis amigos. Y así seguimos
por mucho tiempo. Yo aguantando los golpes, regaños de mi Madre y también el
dolor de cabeza que me provocaba el humo. Y quien sabe como le habrán hecho mis
amigos para que sus Padres no se dieran cuenta, ya que era muy notorio cuando
les pegaban porque su Padre era muy exagerado en los castigos.
Cierto día nos fueron a visitar mis tíos de Torreón,
Hacia tiempo que pertenecían a un club deportivo en donde se enseñabas algunas
disciplinas como karáte, gimnasia y natación entre otras. Mi tío nos invito a
ir a los balnearios de ese club y nosotros aceptamos fascinadísimos.
Al llegar a las albercas nos metimos a nadar
de inmediato para divertirnos jugando, pero note que mis primos nadaban muy rápido
y no se cansaban; mientras que a mi me pasaba diferente. A penas podía nadar un
par de metros cuando ya no podía con la respiración. Hacíamos competencias para
ver quien aguantaba mas tiempo debajo del agua y yo no podía durar ni la
tercera parte del tiempo que ellos lo hacían. Esto causo un poco de frustración
en mi. Un día mientras compraba algunas cosas que me había encargado mi Mama,
una vecina le dijo a la tendera – Mira, este es uno de los vaguitos que se
trepan en las casas para fumar, a ver que hace cuando ya no pueda respirar - .
La tendera puso su mano sobre mi cabeza y me dijo – Por que fumas guerito, no
sabes que el cigarro daña tus pulmones y tu corazón ? - . Asustado, en ese
momento me jure que esa seria mi ultima cajetilla. Nunca mas volvería
a fumar.
La Adolescencia.
El tiempo paso y el destino nos movió a la
ciudad de Monterrey. A mi Padre le ofrecieron un trabajo muy bueno por lo cual
tuvimos que cambiar de ciudad. También yo había sufrido algunos cambios tanto
físicos como emocionales. A causa de mis problemas de aprendizaje, me hicieron
estudios y estos revelaron que yo necesitaba lentes de fondo de botella. Esto
me convirtió en un muchacho retraído, tímido, acomplejado y reprimido. Todos en
la escuela se burlaban de mi; nadie me juntaba para jugar ni las chicas se me
acercaban. Así curse los tres años de secundaria, sin amigos y soportando las
bromas pesadas de todos los alumnos. Pero al entrar a la preparatoria, mi Padre
me llevo al oftalmólogo. Una nueva opción había llegado a México, “Los
Pupilentes”. Era una perfecta maravilla. La oportunidad de ver claramente sin
usar esos feos y ridículos anteojos que tantos complejos habían creado en mi.
Ahora yo era igual que los demás; podía jugar con los otros chicos y las chicas
se me acercaban. En este ambiente llego el aumento de autoestima y con ello, el
desenfreno. Me sentía tan a gusto con mis amigos que quería ser completamente
como ellos y tal vez ser el mas popular. Un día uno de mis amigos estaba fumando
en el balcón de la escuela. Me acerque a el y le pedí que me regalara un
cigarro. – Esto es solo para hombres – me decía al tiempo que soltaba una
risotada. Encendí el cigarro y le di una tirada. Cuando trague el humo, sentí
que se me abría la garganta como si me hubiese tragado un melón entero, pero
disimule. Mi amigo quedo sorprendido y palmeando mi espalda, comento – Eso
carbón, usted si es de los míos - . Esas palabras fueron el detonante clave
para que yo volviera a tomar entre mis manos una cajetilla de cigarros. Ahora
yo me sentía interesante, elegante, sentía que todos querían ser como yo y que
todos pensaban “tan jovencito y que bien fuma”
Pasaron tres largos años en los cuales me
entregue por completo al desenfreno total. Pues aunque mis compañeros fumaban,
no lo hacían sino esporádicamente, mientras que yo me pasaba todo el día
fumando. Al entrar a la universidad ya era yo todo un graduado en el arte del
fumar a lo que se unió el gusto por la bebida que, aunque no era yo un
borracho, si disfrutaba el ir a fiestas y parrandas a donde yo era invitado. En
esos tiempos había yo entrado a un grupo de estudiantes que gustaban de cantar
acompañados de guitarras, mandolinas, contrabajo y acordeón, por lo que era
conocido en mi barrio como el joven que sabia tocar la guitarra. De esta
manera, cuando alguien hacia una fiesta, me invitaban con la intención de que
me llevara la guitarra para amenizar la reunión. Me sentía tan popular que pensé
que todo se lo debía al cigarro ya que por medio de el había entrado a ese
mundo de “sociedad”. Pero el tiempo paso y la desgracia toco a las puertas de
mi casa, una llamada en la que se nos informaba que mi Padre había fallecido
debido a un ataque cardiaco fulminante. En ese momento, nuevamente retumbaron
en mi las palabras de la Señora de la tienda en mi infancia –Por que fumas guerito, no sabes que
el cigarro daña tus pulmones y tu corazón ? – con lagrimas en los ojos por la
pena de perder a mi Padre, por segunda vez me prometí a mi mismo que esta si seria
la
ultima cajetilla de cigarros que me fumaba en mi vida.
El calendario siguió su marcha infrenable y
poco a poco fui superando el dolor de perder a mi Padre. Recién empezaba a
correr por las mañanas y después me ponía a hacer algunos ejercicios para
ponerme en forma y mejorar mi condición. Sabia que no iba a ser fácil después
de haber llevado una vida tan disipada.
Invite a un amigo para que fuera conmigo
todos los días temprano por la mañana a correr. Comenzamos por dar unas cuantas
vueltas alrededor de una plaza cercana a mi casa. Unos días después, mi amigo
se fastidio y no me acompaño mas. Pero lejos de caer en el desanimo, me arme de
valor para continuar yo solo. No podía dejarme vencer por cosas sin
importancia. Mi meta estaba fija en purificar mis pulmones y obtener una buena
condición física. Y así seguía cada día esforzándome por alcanzar mi objetivo
que cada vez se volvía mas agresivo, alimentado por los buenos comentarios que
hacían las personas que me querían y admiraban de verdad. Cuando menos lo pensé,
ya estaba yo recorriendo una distancia de seis kilómetros diarios. Entre mas
ejercicio hacia, mas fáciles eran las cosas para mi. Ahora si me sentía bien
conmigo mismo y podía lograr cosas que la mayoría de mis compañeros no podían
hacer.
Mi etapa de Adulto
Al cumplir 22 años, me fui a trabajar a la ciudad de Reynosa. La
industria maquiladora estaba en pleno crecimiento y de este modo se abría un
mundo de oportunidades. En mi primer trabajo me desempeñaba como Técnico de
diagnostico en tableros electrónicos que presentaban algún tipo de mal
funcionamiento. Yo estaba emocionado porque el sueldo que me ofrecieron era
bastante bueno. Poco a poco fui conociendo mucha gente, amigos con otra
mentalidad, otras culturas, gente que se sabia divertir.
Intente varias veces en continuar con mis
ejercicios y correr diariamente pero, Reynosa era otro mundo en cuyo vorágine
de tentaciones sucumbí. Los compañeros comenzaron a invitarme a lugares a los
cuales jamás había ido, hacíamos pachangas cada fin de semana y convivíamos a
toda hora del día. La etapa de adolescente se repetía, y una vez mas, volví a
fumar. Y un tiempo después volví a dejar el vicio. Y así seguí por mucho
tiempo, cayéndome y levantándome de este vicio hasta el día de hoy en que se
que esta si será la ultima cajetilla de cigarrillos. Pues si hubiera hecho caso
a los consejos que me daba la gente que realmente me quería, hoy yo no
estuviera muerto.